Introducción a los perros
Hace años que ronda por mi cabeza la frase “Los Perros no Entienden Internet”. La apunté en la pizarra que tenía en mi cuarto cuando todavía vivía con mi madre. No ha sido hasta ahora, dando forma al disco, que he conseguido descifrar lo que realmente significaba.
Estas canciones han estado atascadas tres años. No tengo claro si echarle la culpa a esta vida frenética o a que tiendo a olvidar para seguir adelante. Hace cuatro meses comencé a entender cuando decidí enfrentarme a la tan evitada terapia.
Desde que tengo memoria hay voz aguda y en otro idioma que anida en mi cabeza. Siempre encuentro una excusa o el mundo la encuentra por mí para que la ignore y siga preocupándome por lo que sucede a mi alrededor (muuuuy muy lejos) y nunca dentro. Pero incluso en los momentos más fríos y racionales, siempre ha estado susurrándome al oído.
Depresión Sonora surgió en un intento de escupirla, lanzarla hacia afuera. Una maraña de palabras e ideas que pensaba que entendía, pero con el tiempo me he dado cuenta que estaba equivocado. Qué difícil es aceptar que en el fondo nunca me atreví a ser honesto, ni en mi día a día, ni en mis letras. Que no hablé de forma sincera. ¿Por qué me sentía incomprendido? Me alegraba ver cómo esa enredadera os abrazaba a vosotros, pero no era capaz de paliar esa sensación constante de querer escapar, de que faltaba una pieza.
Una cosa que poca gente sabe es que soy daltónico. También que de pequeño fui a una escuela de música y me hicieron repetir varias veces hasta que lo dejé. Siempre he pensado que mi falta de oído hace que todo lo que me sucede ahora sea una farsa. Aunque supongo que algo bueno tiene que haber en mí si he conseguido todo esto, ¿no?
Internet y la tecnología siempre han sido mi refugio, un lugar donde sentirme seguro y que me ha enseñado gran parte de lo que sé. Con el tiempo, todo el aprendizaje y el entretenimiento que encontraba en internet desaparecieron para dar paso a la disociación, a descuidarme. Pasaba las horas encapsulando todo lo importante para lanzarlo bien lejos con un simple desliz de dedos. Al final del día, el único recuerdo que me quedaba era un collage absurdo de imágenes y sonidos de gente que no conocía. Y aunque el mensaje nunca fuera del todo nítido, el resultado siempre era el mismo: pérdida de memoria y ansiedad ante el fracaso. El miedo a que otra persona más lo estuviera haciendo mejor ahí fuera. Percibirme feo, tonto e inutil. Nunca he soportado sentirme insuficiente.
Pero he tomado una decisión. No quiero que me roben la memoria, quiero construir recuerdos en base a lo bueno y lo malo. Me gusta pensar que empiezo a hacer caso a esa vocecita. Estoy yendo a clases para entender ese idioma que me había sido negado. Y así, despacito, voy deshaciendo los nudos para guardarlos uno a uno con cariño. Ya no quiero huir ni refugiarme, hay muchas cosas buenas que hacen que merezca la pena.
Así que entre todo este caos y descubrimiento, a mis 27 años, miro hacia abajo y veo a mi perro Lucas, que lleva más de 13 años conmigo. Tiene artritis y algo de ceguera, pero en sus ojos negro café todavía veo esa inocencia que tenía cuando cabía en la palma de mi mano. Si se lo propone, todo le es ajeno y no parece tener preocupaciones, pero si algo le pasa por la cabeza es capaz de expresarlo sin complejos. Todo es sencillo. Si está feliz disfruta al máximo y si está triste llora un rato. Sueña, come y juega, pero también ladra enfadado y se queda inquieto al lado de la puerta. Tengo que aprender de mi perro, que no entiende inglés ni español, ni internet ni nada, pero que lo tiene claro y pasa sus días tranquilo.
Ojalá ser como él. Ojalá poder derrumbar esos muros de mi propio castillo de cartón. Y es que no hace demasiado pensaba que no había nada más allá. Que la vida se sostenía tras las normas del come y calla, siéntate y trabaja, no llames demasiado la atención y no molestes. Pienso tanto en cómo nos condicionamos por nuestra educación…
Ha llegado el momento de dejar de sobrevivir, pero como cualquier materia nueva que uno empieza a estudiar en profundidad, lleva tiempo. Necesito ser paciente, desprenderme de todo aquello que me desvíe del camino. Vencer la velocidad, aprender a escuchar. Hacer caso a mi cabezonería y a esos momentos de lucidez cuando creo que las cosas pueden ser de verdad.
Está ahí, en el centro, se mueve como un mar de tormenta desde el estómago hacia los pies y la cabeza. Si consigo ser como Lucas, algún día podré sacar y entender todos estos sentimientos.
Marcos.
Viernes, 1 de Noviembre de 2024. Día de todos los santos.